Cosas de familia, un relato caribeño
- Última Plana
- 23 dic 2020
- 3 Min. de lectura
Por Stephanie Bernard

Nena, tu abuelo leía las manos, y tenía siempre visita, lo buscaban porque era bueno, sabía lo que hacía, ¡no era un charlatán! - me decía siempre mi madre cuando me hablaba de él. Mi abuelo, de ese que no se sabe nada, o casi nada. Buscado por la policía por pertenecer al partido nacionalista, se cambia su apellido, y viaja seguido a la República Dominicana. Tenía casas, varias, y nunca se supo del paradero de ellas. Se casó dos veces, la primera vez huyó y no dejo un solo centavo a su mujer y a sus hijos. Se casa con abuela, que podía ser su hija, a quien nunca permitió conducir ni tener su propio trabajo. Pero anterior a esto su historia es incompleta. La única que conozco es la de su pasado con las barajas, leyendo manos, pero aún así temeroso, preocupado de lo que le esperaba por cometer idolatría.
Nunca aceptó que le pagaran. La gente le pagaba con piñas, frutas, viandas, favores, de todo menos dinero. Sabía que lo que hacía no le agradaba “a el de arriba” decía. Un día, una enfermedad lo dejo postrado en la cama, esta fue su advertencia. Don Sixto, no siga adivinándole cosas a la gente, acuérdese que ese es un espíritu que habla por usted- le decían. Mi abuelo renunció a ese “mundo” de la noche a la mañana. O por lo menos, eso creyó que podía hacer. El espíritu empezó a azorar. ¡Eta ahí Iri! gritaba, a veces al mediodía, o por la tarde. Nunca de noche. Muchos se reían de los horarios del espíritu. A, pero este es un espíritu holgazán, ¿no que siempre le gusta salir de madrugada? reían los vecinos. Hay que espantarlo de una vez, se dijo Sixto, empezó a prender la radio y a oír siempre una emisora cristiana. La biblia encima de la mesa, mucho crucifijo, y su almanaque de santos. Pero el espíritu seguía molestando.
Un día mi mama con ocho años quiso prender el radio, pero algo la detuvo, ¡pero que en el nombre de Dios me dejas prender este radio! – y entonces logró prenderlo. Iris no sabía que más hacer, solo se le ocurrió una idea, y sin darse cuenta de que solamente le echaba más leña al fuego, lo llevo a ver un espiritista. Allí me cuentan que le untaron aceites, sacaron una gallina, bailaron, y hasta le hicieron un collar. Mi abuelo regresó a su casa, con su collar, y con un sentimiento de culpa. -A Dios no le debe agradar esto-, se decía a sí mismo, -pero fue mi mujer quien me llevó, no salió de mi ir a ver esa persona-, pensó Sixto.
Al día siguiente, peor, mucho peor. La enfermedad, el azoro, el espíritu. Ese hombre alto, vestido de guardia, lo miraba. Mi abuela llama a un pastor, -a ver, ahora es que llamas a el que tenías que llamar- se dijo a sí misma mi madre. Entonces llega Don Teo, ese conserje y hombre de Dios, temerario, con su biblia bajo el brazo. Hay que orar y mucho, le dice a Don Sixto. Se sientan frente a abuelo, Teo e Iris, mirándolo de frente, postrado en su cama. Un collar? Me dice de un collar! exclama Don Teo. Mis abuelos se miran. Sixto sube y baja su cabeza, afirmando -dáselo Iri, vete y dale el collar. Mi abuela saca una bolsa de papel de estraza doblada, ahí está, lléveselo- le dice a Don Teo. Don Teo sale con él. Ni del hombre, ni del collar se supo nada. Los dos juntos desaparecidos. Abuelo murió años más tarde, de cáncer. Yo nací cinco meses después de su muerte, sin conocerlo ni saber quién verdaderamente fue. Mi madre que nunca lo conoció aún así viviendo bajo el mismo techo me decía: Hija lo único que sé es que nosotros debíamos ser de apellido Sotomayor, pero tu abuelo se encargo de esconderlo, a saber, si con ese mismo nombre fue con el que se bautizó.
Comments